En todo grupo humano aparecen siempre diversos roles. Los roles pueden ser explícitos o espontáneos; incluso pueden ser inconscientes. Si bien existen muchos roles, miremos ahora el del liderazgo. En Cafh consideramos al liderazgo, sea cual sea el ámbito en que esté presente, como un rol de servicio.
En el paradigma paternalista, el líder era alguien que decidía de manera unilateral y actuaba como una especie de árbitro para resolver las diferencias. En muchos sentidos, el modo de ejercer el liderazgo está cambiando. En la historia de la humanidad se ha observado, en tiempos de cambios profundos, una marcada tendencia a caer en los extremos, en un movimiento pendular que implica una reacción al orden anterior, lo que es equivalente a seguir en el mismo nivel de los opuestos de un modo reactivo, en lugar de trascender hacia un orden superior.
El movimiento pendular implica desplazarse hacia el otro extremo del espectro rechazando todo lo anterior. Este movimiento descarta la experiencia, la construcción sobre los aprendizajes adquiridos y la integración de esos aprendizajes en un modelo superador, reproduciendo inconscientemente los mismos patrones que critica, pues sigue en el mismo estado de conciencia.
Este movimiento pendular puede llevarnos a contraponer algunos aspectos. Por ejemplo: rigidez versus laxitud, jerarquía versus horizontalidad, liderazgo versus ausencia de liderazgo.
Pero la realización de la Idea Madre implica la integración de los valores humanos y divinos, lo que podría interpretarse como la armonía de los opuestos, una búsqueda de un equilibrio dinámico. Es nuestra tarea integrar nuestro legado y la experiencia y el aprendizaje que hemos hecho hasta ahora con una perspectiva actualizada al momento que vivimos.
Hay una buena cantidad de pensadores actuales, entre ellos historiadores, filósofos, ecologistas y científicos, que nos dicen que cada vez es más difícil predecir el futuro en el que viviremos de aquí a pocos años. Tal es la velocidad y la complejidad de los cambios.
Es evidente que el liderazgo actual no está enfocado en los líderes carismáticos que todo lo saben, que tienen las respuestas correctas y que pueden visionar el futuro en el mediano y largo plazo.
Responder a un mayor nivel de complejidad requiere también un cambio en las formas de liderazgo. Frente al estilo autoritario o paternalista que dominó en el paradigma moderno, nos dirigimos hacia un enfoque del liderazgo en el que se revela la necesidad de escuchar, integrar miradas, construir conocimiento y significado, ayudar a que emerja la sabiduría colectiva.
Todo apunta a que el nuevo liderazgo se deba apoyar más en la construcción conjunta que en seguir las ideas de alguien. No tengo dudas de que el nuevo liderazgo comienza con la capacidad de escuchar. Y continúa con la capacidad de trabajar en equipo y de aprender continuamente.
Además de comprometernos con el servicio y la escucha, el liderazgo se está orientando hacia un rol facilitador y coordinador, donde hay un equilibrio en esa ida y vuelta de la información. De esa manera, el líder guía y crea las condiciones para que los individuos y los grupos sean los protagonistas de sus propios procesos, de su propio aprendizaje. Hace posible que los individuos y grupos asuman y ejerzan su libertad y su responsabilidad.
El líder ofrece su experiencia y conocimientos, pero no tiene el deber de tener todas las respuestas. Por ello, el diálogo y el intercambio cobran mucha relevancia. Al no ofrecer respuestas y soluciones unilaterales, y facilitar que todas las expresiones de la diversidad se manifiesten, crea el espacio y los medios para que emerja y se construya la sabiduría colectiva.
Este paradigma implica, sin duda, abrirse a lo desconocido. Lo desconocido está en cada instante de nuestra vida; allí están nuestras posibilidades. Como dijo nuestro Fundador, lo desconocido es siempre Dios mismo.
En el paradigma paternalista, el líder era alguien que decidía de manera unilateral y actuaba como una especie de árbitro para resolver las diferencias. En muchos sentidos, el modo de ejercer el liderazgo está cambiando. En la historia de la humanidad se ha observado, en tiempos de cambios profundos, una marcada tendencia a caer en los extremos, en un movimiento pendular que implica una reacción al orden anterior, lo que es equivalente a seguir en el mismo nivel de los opuestos de un modo reactivo, en lugar de trascender hacia un orden superior.
El movimiento pendular implica desplazarse hacia el otro extremo del espectro rechazando todo lo anterior. Este movimiento descarta la experiencia, la construcción sobre los aprendizajes adquiridos y la integración de esos aprendizajes en un modelo superador, reproduciendo inconscientemente los mismos patrones que critica, pues sigue en el mismo estado de conciencia.
Este movimiento pendular puede llevarnos a contraponer algunos aspectos. Por ejemplo: rigidez versus laxitud, jerarquía versus horizontalidad, liderazgo versus ausencia de liderazgo.
Pero la realización de la Idea Madre implica la integración de los valores humanos y divinos, lo que podría interpretarse como la armonía de los opuestos, una búsqueda de un equilibrio dinámico. Es nuestra tarea integrar nuestro legado y la experiencia y el aprendizaje que hemos hecho hasta ahora con una perspectiva actualizada al momento que vivimos.
Hay una buena cantidad de pensadores actuales, entre ellos historiadores, filósofos, ecologistas y científicos, que nos dicen que cada vez es más difícil predecir el futuro en el que viviremos de aquí a pocos años. Tal es la velocidad y la complejidad de los cambios.
Es evidente que el liderazgo actual no está enfocado en los líderes carismáticos que todo lo saben, que tienen las respuestas correctas y que pueden visionar el futuro en el mediano y largo plazo.
Responder a un mayor nivel de complejidad requiere también un cambio en las formas de liderazgo. Frente al estilo autoritario o paternalista que dominó en el paradigma moderno, nos dirigimos hacia un enfoque del liderazgo en el que se revela la necesidad de escuchar, integrar miradas, construir conocimiento y significado, ayudar a que emerja la sabiduría colectiva.
Todo apunta a que el nuevo liderazgo se deba apoyar más en la construcción conjunta que en seguir las ideas de alguien. No tengo dudas de que el nuevo liderazgo comienza con la capacidad de escuchar. Y continúa con la capacidad de trabajar en equipo y de aprender continuamente.
Además de comprometernos con el servicio y la escucha, el liderazgo se está orientando hacia un rol facilitador y coordinador, donde hay un equilibrio en esa ida y vuelta de la información. De esa manera, el líder guía y crea las condiciones para que los individuos y los grupos sean los protagonistas de sus propios procesos, de su propio aprendizaje. Hace posible que los individuos y grupos asuman y ejerzan su libertad y su responsabilidad.
El líder ofrece su experiencia y conocimientos, pero no tiene el deber de tener todas las respuestas. Por ello, el diálogo y el intercambio cobran mucha relevancia. Al no ofrecer respuestas y soluciones unilaterales, y facilitar que todas las expresiones de la diversidad se manifiesten, crea el espacio y los medios para que emerja y se construya la sabiduría colectiva.
Este paradigma implica, sin duda, abrirse a lo desconocido. Lo desconocido está en cada instante de nuestra vida; allí están nuestras posibilidades. Como dijo nuestro Fundador, lo desconocido es siempre Dios mismo.