25/05/2013

Mensaje 2013

Demos cohesión e impulso a nuestros esfuerzos por desenvolvernos espiritualmente. Procuremos ser coherentes, de manera que todas nuestras expresiones condigan con la vocación de renuncia que hemos abrazado.

La palabra mueve, el ejemplo conduce pero solo el darse transforma. 

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MENSAJE DE PLENILUNIO 2013

Demos cohesión e impulso a nuestros esfuerzos por desenvolvernos espiritualmente. Procuremos ser coherentes, de manera que todas nuestras expresiones condigan con la vocación de renuncia que hemos abrazado.

La palabra mueve, el ejemplo conduce pero solo el darse transforma. A través de esta iluminadora sentencia estudiemos en nosotros cada una de esas expresiones para caminar hacia el logro de una vida coherente.

¡Vivamos con coherencia a través de nuestra palabra! Nos expresamos por medio del lenguaje oral, del escrito y el gestual. Pero no solo expresamos lo que pensamos y sentimos, sino que a través del lenguaje también transmitimos nuestros estados interiores. Más aún, la palabra transmite energía, nuestra energía. Por eso la palabra mueve. Es la potencia creadora que transforma la materia en men-te y la mente en materia. La idea se concreta, la fuerza para realizarla se activa y la obra soñada co-mienza a llevarse a cabo en los hechos. La palabra convocó a reunirse a los primeros Hijos y con su respuesta nació el Cuerpo Místico de Cafh. La palabra es un inmenso poder puesto en nuestras ma-nos y bajo nuestra responsabilidad. Experimentamos ese poder cuando el llamado interior resonó en nosotros y nos movió a asumir con un voto expreso el compromiso de desenvolvernos. Esa voz, la voz de nuestra vocación, ya no se puede apagar. La ceguera, la inconciencia, dieron paso a la luz.

Tomamos conciencia de que desenvolvernos es nuestro destino insoslayable. No podemos ignorarlo ni encubrir esta realidad: nuestra vida cobra sentido si nos desenvolvemos. Surge entonces la pre-gunta de cómo podemos lograr ese desenvolvimiento. Y son palabras y lo que ellas transmiten lo que nos mueve a activar nuestras fuerzas, a encaminar nuestros pasos, a responder con acciones conse-cuentes.

Sabemos que la riqueza de nuestra propia experiencia es lo que verdaderamente da fuerza y convic-ción a nuestra palabra. Lo que estimula a las almas y aviva en ellas la necesidad de expandir su con-ciencia no son solo las ideas que se desarrollan, sino también la fuerza de la palabra viva, la que ma-na de nuestro desenvolvimiento, de nuestra fidelidad a la Obra de Cafh, de nuestra profunda adhe-sión a la Idea de la Renuncia. Esta palabra, fruto de nuestro trabajo interior profundo y comprometi-do, por un lado fomenta en nosotros la necesidad de mantener el esfuerzo por desenvolvernos y, por otro, impulsa a quien la escucha a hacerla efectiva en su propia vida y así desenvolverse.

Es nuestro compromiso difundir las ideas de Cafh a través de nuestra palabra; es por esto que tene-mos que ser muy conscientes de que lo que da fuerza a nuestro mensaje es el testimonio de la propia renuncia.

Analicemos cuidadosamente lo que decimos para asegurarnos de que condiga con nuestros princi-pios e ideales. Recordemos que la coherencia, más que una virtud, es una actitud de vida, expresión del amor real. Las incoherencias surgen cuando hay otros intereses de por medio en el camino de la ofrenda, de la renuncia a uno mismo.

¡Vivamos con coherencia a través de nuestro ejemplo! Al comienzo, el desenvolvimiento espiritual es algo que comprendemos y de lo que podemos hablar. Nuestro entusiasmo y convicción nos mue-ven y mueven a otros. Sin embargo, sabemos bien que los movimientos emotivos no bastan para desenvolvernos. Comprobamos que cuando logramos que haya coherencia entre todas las formas en que nos expresamos y nuestro ideal espiritual, generamos bienestar y armonía.

Si bien logramos este ideal en forma gradual, lo que nunca nos ha de suceder es que dejemos de es-forzarnos por alcanzarlo. No cabe duda de que el desenvolvimiento es un proceso y que un proceso implica vida, movimiento, búsqueda permanente y dinámica.

Al poner en práctica nuestras ideas espirituales vamos abriendo de manera efectiva un camino de desenvolvimiento. Así es como, a través de nuestras respuestas nobles y responsables a la vida, te-nemos la posibilidad de ser un ejemplo, un referente para las almas.

Para nosotros, ser un ejemplo no es ser un modelo a ser imitado sino ser quien, por su integridad y plenitud interior, despierta en otros su propia capacidad de vivir con plenitud. Cuando somos plenos por la generosidad con que vivimos y por la atención completa al presente como nuestra mejor y más real oportunidad de darnos, de expandir nuestra conciencia y de abrir nuestro corazón, somos refe-rentes de lo que el camino de la renuncia produce en el alma.

Cuando somos referentes, es decir, cuando todo nuestro hacer refleja una vida interior plena, com-prometida y consciente, nuestro ejemplo no crea dependencia en otros sino despierta en ellos la fuer-za que los lleva a descubrir sus propios recursos y valores. Quien es referente vive para la humanidad. Lo que busca es satisfacer las necesidades reales del ser humano. Para cumplir esta misión no podemos estar reviviendo el pasado, lamentando el presente ni ilusionándonos con el futuro.

Cuando vivimos profundamente nuestra vida interior, lo que proyectamos hacia lo exterior, nuestro ejemplo de vida, se convierte en una llama que enciende el fuego del amor en otros, porque activa sus mejores posibilidades. Quien es referente no se queda soñando en lo que podría ser, sino que va construyendo los sueños en la realidad de cada momento. Ni tampoco teme exponerse al escrutinio, porque no tiene nada que ocultar. Si bien no se erige como modelo a seguir, porque conoce y reco-noce sus falencias, no deja de trabajar para superarlas.

A través de nuestro ejemplo de vida cada uno de nosotros muestra cómo, más allá de sus caracterís-ticas, experiencias, limitaciones y fortalezas particulares, puede aportar algo positivo y constructivo a la humanidad a través del desarrollo de su conciencia.

Para ser un referente necesitamos fortalecer nuestra voluntad con el esfuerzo, con un trabajo ascéti-co-místico perseverante y esmerado que nos dé la posibilidad de desarrollar las aptitudes idóneas para desenvolvernos.

¡Vivamos con coherencia a través de la dación de nosotros mismos! Aquí no hay cabida para dudas ni mudanzas. El darse implica la ofrenda de la totalidad del ser y una vez que uno decidió que eso es lo que da sentido a su vida, no hay marcha atrás. El darse transforma tanto al que se da como al me-dio en el que vive; se crea una nueva posibilidad. La fuerza que genera la ofrenda de vida se multi-plica en obras de bien porque lleva a que las personas se identifiquen con valores nobles al compro-bar que alguien los vive.

El darse, esa entrega sin reservas al proceso de desenvolvimiento con todo lo que ello implica, es la expresión de una decisión que abarca toda la vida y que se manifiesta tanto en la forma de resolver un pequeño detalle como en las grandes decisiones. Es fruto del amor que no titubea y resultado de una fidelidad que nada logra torcer o desviar y que no permite aflojar o concederse para dar menos de lo que uno puede realmente dar de sí. El que se ofrenda no mira hacia atrás ni reclama una com-pensación por lo que dio. Solo piensa que seguramente pudo dar más en cada instante que vivió. Darse, en definitiva, es vivir siempre no solo a la Presencia Divina sino también a la presencia de todas las almas. Para que la vocación de renuncia se concrete como una posibilidad real y asequible a las almas tiene que ser plasmada a través de nuestra experiencia.

Cuidemos, entonces, las palabras que usamos; atentos a su contenido y a la intención que las mueve para darle vida a través de ellas al mensaje de la Renuncia. Cuidemos lo que hacemos y cómo lo hacemos, para que el mensaje que enviamos con nuestro ejemplo de vida sea para adelanto y bien de todos los seres humanos. Cuide-mos nuestra vida interior, para que la fuerza de nuestra ofrenda despierte el potencial de desenvol-vimiento en las almas. Realicemos este maravilloso sueño de amor dando vida a nuestra palabra, poder a nuestro ejemplo y realidad a nuestra ofrenda.

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