MIS RECUERDOS DE DON SANTIAGO

Escrito el 25/07/2020
Jorge Waxemberg

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En esta ocasión en que celebramos al Caballero Iniciado recuerdo especialmente a Don Santiago Bovisio, fundador de Cafh.
Han pasado 83 años desde esa fundación, ahora somos muy pocos los que lo conocieron; la mayoría de nosotros solo sabemos de él a través de las enseñanzas que nos dejó y de lo que alguna vez escuchamos sobre él de quienes lo conocieron y ya no están entre nosotros. Lo que ahora más nos dice sobre Don Santiago son sus Mensajes y las enseñanzas que nos dejó; en otras palabras, lo que llamamos Enseñanza de Cafh.
Esta Enseñanza tiene características que difieren de lo que habitualmente conocemos como enseñanzas. Si prestamos atención a los sucesivos momentos en que recibimos esas enseñanzas, creo que podríamos comprender algo más de la Enseñanza que nos dio Don Santiago.
El primer curso de enseñanzas, llamado Desenvolvimiento Espiritual, nos anticipó los profundos cambios que ocurrirían en el mundo desde 1937. Además, nos dio instrumentos para estimular nuestro desenvolvimiento espiritual y realizar la Obra de Cafh. Por ejemplo, las enseñanzas sobre la renunciación y el amor nos marcan las bases del sendero de desenvolvimiento espiritual; las demás enseñanzas de ese curso dan prácticas básicas para que logremos recorrerlo; entre ellas, las de reservar energías, observar un método de vida y perseverar apoyándonos en la paciencia, la fe y la esperanza, como también en obrar con discernimiento y saber aceptar lo inevitable.
Las enseñanzas que siguieron a ese primer curso nos muestran el desarrollo de la Enseñanza a lo largo del tiempo.
Por ejemplo, en los primeros tiempos se comenzó a meditar leyendo meditaciones escritas. Más adelante nos enseñaron a hacerlo quienes habían aprendido a meditar a través de esos textos. Fueron necesarias más enseñanzas para que comprendiéramos más sobre la meditación y pudiéramos hacerla por nuestra cuenta. Ese proceso continúa hasta el presente.
A lo largo del tiempo también fue cambiando el tipo de enseñanzas que recibimos. Al comienzo, los primeros Hijos e Hijas estaban muy interesados en la reencarnación, las vidas pasadas y los fenómenos psíquicos; más adelante esos temas quedaron solo como información y pasamos a otros que ampliaron nuestra visión de la vida espiritual y de las maneras de ponerla en práctica. Este desarrollo se hace evidente en los Mensajes que recibimos de Don Santiago desde 1947 hasta 1962.
Los primeros Mensajes nos orientaron hacia la vida interior, el recogimiento y la oración, para que aprendiéramos sobre nosotros mismos y lo que podíamos realizar con nuestros pensamientos y sentimientos. Era como decirnos “conócete a ti mismo” sin ambages ni disimulos. Esta introspección nos ayudó a descubrir los hábitos, prejuicios e ideas fijas que habíamos adoptado de la época y la sociedad en que vivíamos. Para lograrlo, necesitábamos sentirnos como extranjeros en el mundo. Un Mensaje siguiente nos invitó a reconocer los bienes espirituales que habíamos recibido y a aplicarlos para bien de las almas. Por corto que parezca este paso nos costó darlo, porque pensábamos que era hacer algo opuesto a ser extranjeros en mundo, como nos decía el primer Mensaje. Un nuevo Mensaje siguiente nos alertó: “Muchas almas de América desde muy lejos esperan ansiosas y confiadas el Mensaje de los Hijos de Cafh”. Este llamado abrió camino a la expansión de nuestro amor: “Abrid las puertas de vuestro corazón a las almas todas, Hijos de Cafh! y aun abrid las puertas de vuestro corazón a las almas que están por devenir”.
El Mensaje de 1956 nos dio una visión del amor que, según creo, todavía necesitamos comprender mejor: “Mi amor no ha de solucionar por amor el mal de nadie, sino mi propio mal.” Pienso que esta frase nos habla de un amor que borra completamente la diferencia entre yo y tú, pero siento que esa frase significa mucho más que eso.

Los Mensajes continuaron poniendo énfasis en que la renuncia a nosotros mismos es necesaria no solo para nuestro propio bien sino también para el bien de todas las almas y la realización del Mensaje de Cafh. Luego nos remarcaron la necesidad de apoyarnos en la ciencia para verificar las teorías espirituales, y la importancia de estudiar las ciencias sociales para poder resolver los males de nuestra humanidad.
En otras palabras, los sucesivos Mensajes nos fueron llevando desde no pertenecer al mundo hasta integrarnos plenamente a la sociedad, pero ya con un estado de renuncia y participación. En otras palabras, nos dicen que nos integremos a ella con el Amor Real que describe la enseñanza que recibimos en 1937. Principio y final se unen en un círculo armónico que refleja el proceso del desenvolvimiento espiritual.
La ceremonia que realizamos al quemar todos los años una enseñanza, indicada en el artículo 140 del Reglamento, ya nos daba una clave para comprender este proceso. Esta ceremonia nos estimula a abrir nuestra mente para comprender en forma cada vez más profunda lo que leemos en las enseñanzas, de manera que no queden como letra muerta en nuestra memoria.
Este desarrollo de la Enseñanza nos puede llevar a preguntarnos cuál es la doctrina que nos dejó Don Santiago. Pienso que él no dio a Cafh una doctrina con puntos para creer y observar sino una Enseñanza que se actualiza con el adelanto de la ciencia, el de la sociedad y con nuestro adelanto como almas y como grupo.
Por supuesto, tenemos cursos de enseñanzas que nos ayudan a ampliar nuestra comprensión de nosotros y del mundo, y a poner en práctica lo que aprendemos. Uno de los roles de los Mensajes de Don Santiago fue dar orientación a esa labor espiritual.
Ya hemos visto algo sobre las enseñanzas que nos dejó Don Santiago; nos falta saber algo sobre su manera de ser. Diré algo de lo que más me impactó de él.

Don Santiago era muy sencillo en su manera de vivir y de actuar. Para mí, lo que lo distinguía era tanto lo que hacía como lo que no hacía. Por ejemplo:
No hablaba de sí mismo, su historia, sus experiencias, sus logros ni sus escritos. Cuando se refería a las enseñanzas decía “las” enseñanzas, no “mis” enseñanzas.
No predicaba; tampoco se explayaba dando enseñanzas o consejos. Cuando nos daba una conferencia acostumbraba a hablar de la vida de personas que podían servirnos de ejemplo. Era buen conversador; hablaba en forma sencilla y amena, pero generalmente se limitaba a acompañar en los temas que interesaban a otros.
No se apuraba ni se demoraba, mantenía un mismo ritmo. Si pedía algo, decía “por favor”. Cuando alguna persona se quejaba sin cesar de éste o de aquél, o de alguna cosa que ocurría, él solo decía “si…si…”, empatizando con el quejoso pero no con sus críticas.
No hacía preguntas personales ni se inmiscuía en nuestras vidas. Rara vez hablaba de otros; cuando lo hacía era solo para destacar sus buenas cualidades, especialmente cuando alguien los criticaba.
No discutía ni trataba de hacer prevalecer su opinión si alguna vez le pedían que opinara, ya que no acostumbraba a opinar. Especialmente, escuchaba con atención lo que otros expresaban.
Recuerdo una reunión en la que cada uno tenía que opinar sobre el asunto que se estaba tratando. Cuando llegó el turno de Don Santiago, él dio su parecer en forma breve y clara. En la discusión que siguió ninguno tuvo en cuenta lo que dijo Don Santiago; todos siguieron hablando mientras él callaba. Como esto me dolió, al salir le dije “Caballero Gran Maestre, no lo escuchan”; él respondió con énfasis “sí me escuchan”. Pero días después me dijo con calma “tiene razón, no me escuchan”, sin hacer más comentarios ni volver alguna vez a ese tema o a esa situación.

No recuerdo que alguna vez dijera “cómo hay que ser” como persona, como Hijo o Hija, o como Ordenado u Ordenada. Era suave y estricto al mismo tiempo; su manera de tratarnos nos mantenía conscientes de que esperaba que fuéramos fieles a los compromisos que habíamos tomado y a las normas que habíamos elegido seguir.
No se quejaba de nada, ni siquiera de sus dolores. Cuando, después de un grave accidente, lo acompañé durante varios días en el hospital no lo oí quejarse; solo recuerdo dos ocasiones que podrían interpretarse como quejas.
La primera fue cuando, al percibir que estaba sufriendo, le pregunté qué le pasaba. El respondió “tengo un fuerte dolor de cabeza; en el viaje que acabo de hacer con algunas personas, ellas hablaron solo de negocios, realizaciones y proyectos materiales”.
La segunda fue al decirme “cuando usted me dijo que, por el momento doloroso que estaba viviendo, no estaba seguro de tener fortaleza suficiente para perseverar, sentí como si un puñal se clavara en mi corazón”.
Don Santiago tenía un profundo sentido de la amistad; él haría todo por sus amigos. No puedo olvidar las largas horas en que solía acompañarlos cuando estaban enfermos o sufrían algún percance.
También era honesto. Por ejemplo, cuando en Italia tuvo que comprar un auto (un viejo Fiat 600 usado como taxi) y le dijeron que allí se acostumbraba a hacerlo sin pagar impuestos porque eran mayores que el valor del auto, Don Santiago los interrumpió y pagó los impuestos correspondientes.
Se adaptaba en forma espontánea a la manera de ser y expresarse de quienes encontraba, era como si se pusiera a tono con ellos. Esta característica lo hacía aparecer como una persona común, sin mayores cualidades.
Cuando le preguntábamos sobre algún tema espiritual no se explayaba; después de una breve respuesta nos recalcaba que lo que nos había dicho se aplicaba solo a nosotros y a ese momento particular, que citarlo produciría confusión. A veces solía agregar que en las enseñanzas encontraríamos lo que él pensaba. Creo que vale la pena repetir: no decía “mis” enseñanzas.
Tenía buen sentido del humor. Disfrutaba cuando estaba con personas de humor sano y reía con sus dichos. También mostraba buen humor al narrar alguna de sus ocurrencias. Cuando el médico le dijo que no comiera pan él comentó “¿Qué quiere él que haga, que me muera de hambre?” Cuando le dijeron que un Hijo se sorprendió al verlo caminar desde el mercado cargando las bosas en las manos, él respondió ¿“Qué esperaba ese Hijo, verme blandiendo una espada?”
En su vida familiar era afectuoso y atendía a sus hijos; cocinaba para ellos y se ocupaba de sus ropas y sus necesidades.
Me permito ahora decir algo sobre mi relación con Don Santiago y algo de la gran influencia que él tuvo en mi vida.
Las enseñanzas fueron para mí invaluables instrumentos intelectuales; los momentos que compartí con él fueron enseñanzas vivas, no solo por lo que decía sino también por lo que no decía y por su manera de ser y de actuar.
Las enseñanzas escritas me ayudaron a comprender y a expandir el pequeño contexto mental al que yo reducía la noción que tenía de mi vida. Su ejemplo me enseñó cómo vivir para que mi apertura mental se expresara en mi manera de ser y en una conducta consecuente.
No puedo separar lo que recuerdo de Don Santiago de los recuerdos de mi vida. Este entrelazo comenzó en agosto de 1947, cuando él visitó nuestro grupo de Pajes de la Tabla 1 de Rosario a los pocos días de haberse fundado. En esa reunión él habló con cada uno de los miembros del grupo, pero a mí solo me dijo “a usted lo conozco”, nada más. No por esto que me dijo sino por lo que sentí al verlo, desde ese momento lo que más deseaba era estar cerca de él.

Desde 1947 hasta 1953 me encontré pocas veces con Don Santiago, pero ellas marcaron hitos en mi memoria. Mientras él vivió en Rosario traté, sin éxito, de encontrarlo caminando por las calles que me dijeron él recorría hasta que una que vez, sin que me diera cuenta, él se acercó a mí desde atrás y puso, con suavidad, su mano sobre mi hombro; luego continuamos caminando, casi sin hablar.
Ingresé a la primera Comunidad de Varones cuando se fundó en Agosto de 1953. Al poco tiempo le envié una carta en la mejor hoja de papel que encontré. En ella le hacía una serie de preguntas sobre las contradicciones que encontraba entre “Dios es amor” y “Dios nos ama” con las injusticias, miserias y dolores de la sociedad en que vivíamos. Don Santiago me respondió en un pequeño trozo del papel que recortó del que yo le había enviado: “Mire a Jesús en la cruz y tendrá la respuesta a sus preguntas dialécticas”.
Luego comencé a viajar mensualmente con él entre Buenos Aires y la Comunidad de Embalse. Los viajes duraban 15 horas, había sobrado tiempo para conversar, pero no puedo decir que en realidad conversábamos, especialmente al principio. En ese entonces yo le hacía innumerables preguntas, él pocas veces me respondía; más bien se mostraba con sueño o dormitando. No tardé mucho en aprender tanto de sus silencios como de sus palabras; estas eran claras y cortas, sin hacer teorías. Por ejemplo, cuando le dije que me parecía que el suicidio era justificable porque no tenía mucho sentido vivir con pena y dolor para después morir, me respondió “cuando estaba en la Orden en Venecia, el buen joven con el que compartía la habitación decía que para él la vida no tenía sentido, y terminó suicidándose. Cuando después de un tiempo lo encontré en el plano astral, me dijo ´esta no es la manera´”; no agregó comentarios.
Recuerdo otros momentos que fueron enseñanzas para mí. Por ejemplo:
En un viaje paramos en una posada en la nos encontramos con un grupo de jóvenes. A pesar de que vestíamos ropa común, ellos nos tomaron como sacerdotes y comenzaron a hacernos bromas y a ponernos en ridículo con palabras y gestos. Don Santiago los dejó hacer durante largo rato, sin inmutarse; al cabo de un tiempo, como esos jóvenes continuaban con sus burlas y críticas porque creíamos en Dios, Don Santiago los miró con gran serenidad y les dijo con calma “creer en Dios es bueno; no creer en Dios también es bueno. Pero lo mejor es respetarnos los unos a los otros”. Y continuó haciendo con tranquilidad lo que habíamos venido a hacer. Los jóvenes callaron de inmediato y se recogieron en alguna parte, fuera de nuestra vista.
Otra anécdota que se puede referir a cómo Don Santiago me ayudaba es la siguiente; ocurrió un tiempo antes de que yo pidiera ser Ordenado:
En 1952, al saber que yo viajaba con frecuencia a Buenos Aires, me pidió que fuera a visitarlo, pero que no me alojara en la casa de mis adinerados parientes. Al encontrarnos él habló muy poco, solo prestó atención a lo que se me ocurría decirle; luego me dijo que me alojara en algunos de los hoteles que había cerca. Después de investigar en ellos, le dije que ninguno tenía piezas disponibles y que solo uno ofrecía que durmiera en el mismo dormitorio con otras personas. Me sugirió entonces que aceptara esa oferta; también me dijo “antes de ir al hotel deje su reloj de oro y su billetera en esta casa”. Así lo hice; al día siguiente, al regresar a su casa, él preparó el desayuno sin hacerme preguntas ni comentarios sobre mi experiencia en el hotel. Al terminar, hablamos un poco de varios temas antes de retirarme. Esta experiencia me ayudó a comprender que Don Santiago daba a cada uno lo que necesitaba en ese momento particular de su vida, como lo hizo conmigo ese día.
Otras situaciones también pueden interpretarse como una enseñanza. Por ejemplo la siguiente:
Cuando Don Santiago estaba en Embalse acostumbraba a invitar a nuestro grupo para estar un tiempo con él después de la cena; nos esperaba en su casa sentado en una silla pequeña, con una labor de costura en sus manos. Mientras nosotros decíamos lo que se nos ocurría él seguía cosiendo y nos prestaba atención, sin hacer muchos comentarios.
Una noche hablamos muy entusiasmados sobre el libro que estábamos leyendo; trataba sobre yoguis de la India que lograban dominios notables sobre el cuerpo y también estados espirituales increíbles. Don Santiago escuchó todo eso con gran atención, sin decir nada.
Cuando días después fuimos a la Capilla para la conferencia que hacíamos los días sábado, una Hija fue al frente y dijo que leería un escrito que, poco antes, le había alcanzado Don Santiago. Leyó entonces una lista que decía: “En esta fecha logré esto; en esta otra, esto, etc.”, enumerando logros similares a los que leímos de los yoguis y algunos más; al final decía “pero terminé con todo eso porque me di cuenta de que no podía repetir esos logros si no hacía los ejercicios”. La enseñanza estaba implícita en esa sencilla consideración final. Confieso que tardé en comprenderla; no me daba cuenta de que el desenvolvimiento espiritual es un proceso que no se apoya en experiencias temporarias, por extraordinarias que ellas sean, sino en el trabajo espiritual de realizar renuncias que impulsen nuestro amor y expandan nuestra conciencia. Y que ese proceso es continuo y quizá no tiene un final, ya que pienso que el devenir de la vida nos muestra lo que nos falta comprender y el camino a recorrer para lograrlo.
Don Santiago tenía facultades no comunes, como la de ver más de lo que nosotros veíamos. Cuando le preguntamos por qué no manejaba el auto dijo “no puedo, porque veo doble”. Era evidente que él veía muy bien pero, según entendimos, al prestar atención tenía experiencias extrasensoriales que interferían en su visión del camino.
Un comentario que me hicieron llegar Hijas de la Comunidad de Embalse me evidenció esa capacidad de ver más allá de lo que normalmente percibimos. Don Santiago les dijo que cuando viajaba conmigo “le daba cine”; que yo proyectaba una imagen y, si no me gustaba, la deshacía y creaba otra. Resulta que me habían encargado un proyecto para construir una casa de retiro y aprovechaba las horas de los viajes para diseñarla en mi mente.
También nos llamaba la atención que cuando nos referíamos a personas que sabíamos que él no conocía, hablaba sobre ellas como si las conociera bien. Saber esto hizo que alguno de nosotros temiera encontrarse alguna vez con él, porque sentía que no podía ocultarle nada.
Don Santiago tenía la facultad de prever hechos futuros. La primera predicción que recuerdo ocurrió durante la Visita al CGM que se hizo en Julio de 1952. Al salir de ella lo encontré hablando con otros caballeros; al verme les dijo “este joven dará conferencias”. Esto me sorprendió, ya que nunca había pensado en hablar al público ni podía imaginar lo que podría decir si tendría que hacerlo. Por supuesto, sabemos que ese pronóstico de hace tantos años se cumplió. Otra anticipación que recuerdo es la de su consejo de que aprendiera portugués mientras terminaba mis estudios. Me llamó la atención ese pedido, ya que en ese momento no imaginaba la utilidad de estudiar ese idioma. Años más tarde, la primera escala que hicimos en un viaje al exterior fue en San Pablo, para entrevistar a los Hijos y las Hijas que habían fundado Cafh en Brasil.
En uno de los viajes que hacíamos a Embalse alabé la belleza de unos campos de la llanura argentina; él comentó “este lugar va a ser puerto”, sin decir nada más. Me llamó la atención lo que había dicho porque me parecía algo imposible. Recién cuando se comenzó a hablar del cambio climático entendí lo que Don Santiago había anticipado.
También recuerdo que anticipó los viajes al espacio; incluso una vez dijo que parte de la humanidad emigraría a otro planeta.
Una de sus anticipaciones para mí más notables fue la de su muerte. Nos la transmitió de varias maneras. Por ejemplo, al hablar de la muerte dijo “un golpe en la cabeza…”. Así murió él en el accidente.

Bastante antes de 1962 nos pidió que hiciéramos una bóveda en el cementerio de Almafuerte. Cuando nos visitó mientras la construíamos dijo “me están haciendo un favor”.
La última vez que visitó la Comunidad de la Plata nos dijo “chicos, vengo a despedirme”. No comprendimos lo que nos estaba diciendo, pensamos que se refería a su viaje a Embalse.
Antes de partir en su último viaje dejó marcado en el Reglamento el capítulo sobre la ceremonia de la muerte. También dio un prolongado abrazo a su hijo Joaquín, a diferencia del saludo con que solía despedirse de él.
Estuve con Don Santiago la última noche que pasó en Embalse; habíamos programado viajar al día siguiente a Buenos Aires, pero me dijo “cambié de idea, usted quédese aquí, manejará Julio”. Conversamos luego un poco; cuando él comenzaba a subir el cerro le pregunté sobre unos trabajos que teníamos que hacer, él respondió “lo conversaremos cuando volvamos a vernos”. Le respondí “Señor, yo no sé cuándo nos volveremos a encontrar”. Nos quedamos mirándonos durante un momento que a mí me pareció una eternidad hasta que él dijo “no venga a despedirme mañana”, y continuó subiendo hacia la Capilla para acompañar a las Hijas en sus oraciones. Fue la única vez en que no hice lo que me pidió. A la mañana siguiente fui a verlo, puse una mantita sobre sus hombros cuando él subía al auto y lo saludé con la mano cuando se fue. El solo miraba hacia adelante. Era el 3 de julio de 1962.
No puedo dejar de emocionarme al recordar esos momentos, y de agradecerle profundamente el haber vivido en esta tierra para bien de todas las almas y para mi propio bien.

Jorge Waxemberg
25 de julio, 2020

 


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