En el tema «El Velo de Ahehia», cuyo efecto es el gozo, aprendemos a amar la manifestación divina en todos sus aspectos, sin rechazar nada. ¿Qué significa gozar? En la acepción común, implica poseer algo, sentir gusto por algo, disfrutar, complacerse. El gozo es placer, alegría. Es un movimiento del ánimo que se manifiesta mediante señales claramente reconocibles. Por lo general, también se asocia con lo bello, con el placer, con lo
atractivo.
Y aquí ya nos encontramos ante los pares de opuestos. ¿Quién decide qué es agradable y qué no lo es? ¿Lo bello y lo feo? ¿Lo placentero y lo desagradable? Recordemos la imagen del dragón que oculta el enigma del conocimiento humano, el de los pares de opuestos. La peregrinación, desde nuestro despertar vocacional, nos ha conducido a través de diferentes etapas.
En la etapa comúnmente llamada «purgativa», adoptamos una nueva descripción de la realidad; aprendemos a sentir desolación ante nuestra propia ignorancia y desarrollamos la capacidad de clasificar nuestras posibles acciones bajo la óptica del bien y del mal, para luego actuar en consecuencia. La etapa de la purificación de la voluntad nos enseñó a hacer un uso sabio de nuestra energía, así como a nutrir nuestra voluntad con la fuerza del amor y de la verdad.
La etapa «iluminativa» comienza con «El Templo de Oro», cuando comprendemos que nuestro verdadero consuelo reside en amar sin medida, en abrazar la vida y en entregarnos al servicio de todas las almas. Pero, ¿qué significa abrazar la vida y entregarse al servicio de las almas?
Para poder ofrecer nuestra vida, primero debemos poseerla, ser dueños de ella, conquistarla. Para poder entregarnos, debemos liberarnos.
Por un lado, sabemos lo que no constituye la liberación: ni el materialismo, ni el idealismo, ni el dogmatismo nos conducirán a la libertad. Por otro lado, también nos indica cómo encontrar la liberación: siendo lo que somos, seres humanos, con una infinidad de posibilidades. ¿Cuáles son esas posibilidades? ¿Cómo descubrir nuevos campos de posibilidades, no solo cuantitativamente, sino también cualitativamente?
Para expandir cualitativamente el campo de nuestras posibilidades, debemos ir más allá de lo que podemos concebir: renunciar a nosotros mismos como entes separados del resto de la realidad.
En el ser humano convergen muchos niveles de realidad que interactúan constantemente. En nuestra vida cotidiana entran en juego tanto lo físico como lo mental y lo espiritual; también convergen el estado de vigilia y el de los sueños.
Por un lado, operamos con la conciencia de vigilia y, por otro, nos vemos profundamente influidos por nuestro inconsciente, incluso durante el estado de vigilia. Asimismo, participamos en los niveles de vida mineral, vegetal, animal y espiritual. Es en nuestra conciencia donde tiene lugar la gran alquimia de todos estos niveles, y es allí donde se produce nuestro desarrollo. El reino de nuestra conciencia alcanza el cosmos y, también, la Unión Sustancial con la Divina Madre.
Mediante una vida disciplinada y vivencias místicas basadas en la renuncia a nosotros mismos, fortalecemos esta alquimia y asumimos el desarrollo de la conciencia como la labor excelsa de ayuda a la humanidad. Nuestro amor por la manifestación divina y nuestro apostolado de servicio a las almas se desarrollan en este nivel.
El autoengaño, la vanidad, la impaciencia y las justificaciones pueden hacer que perdamos el esfuerzo de toda una vida si no sabemos aprender de ellos —conociéndonos a nosotros mismos— y depositarlos, cada vez que surgen —por minúsculos que parezcan—, a los pies de la Divina Madre.
El Velo de Ahehia es un símbolo de Sabiduría Espiritual. Por muy amplio que sea el saber, no llega a abarcar la totalidad de la realidad; por tanto, la sabiduría espiritual siempre deja abierta la posibilidad de un saber más vasto: incluye el saber potencial que se hará evidente a través de nuestro desarrollo.
Cuando comprendemos los límites del conocimiento que nos llega desde el exterior, comprendemos también la necesidad de acceder a la esencia del saber. Esta apertura nos revela que nuestro estado de conciencia habitual es un mundo sumamente pequeño en comparación con el mundo en el que vivimos. Alcanzar la sabiduría sustancial implica entrar en ese estado dinámico: cada saber que incorporamos constituye una muerte respecto al estado de conciencia previo y un nacimiento hacia un nuevo campo de posibilidades. Aceptar nuestras limitaciones en cuanto a lo que sabemos y percibimos es lo que abre nuestra conciencia para captar la inmensidad de la realidad.
Por ello, descender al lugar de la muerte simboliza las experiencias que debemos atravesar antes de nacer a la nueva vida de unión con lo divino. La muerte en un determinado nivel es la condición necesaria para la vida en un nivel superior.
atractivo.
Y aquí ya nos encontramos ante los pares de opuestos. ¿Quién decide qué es agradable y qué no lo es? ¿Lo bello y lo feo? ¿Lo placentero y lo desagradable? Recordemos la imagen del dragón que oculta el enigma del conocimiento humano, el de los pares de opuestos. La peregrinación, desde nuestro despertar vocacional, nos ha conducido a través de diferentes etapas.
En la etapa comúnmente llamada «purgativa», adoptamos una nueva descripción de la realidad; aprendemos a sentir desolación ante nuestra propia ignorancia y desarrollamos la capacidad de clasificar nuestras posibles acciones bajo la óptica del bien y del mal, para luego actuar en consecuencia. La etapa de la purificación de la voluntad nos enseñó a hacer un uso sabio de nuestra energía, así como a nutrir nuestra voluntad con la fuerza del amor y de la verdad.
La etapa «iluminativa» comienza con «El Templo de Oro», cuando comprendemos que nuestro verdadero consuelo reside en amar sin medida, en abrazar la vida y en entregarnos al servicio de todas las almas. Pero, ¿qué significa abrazar la vida y entregarse al servicio de las almas?
Para poder ofrecer nuestra vida, primero debemos poseerla, ser dueños de ella, conquistarla. Para poder entregarnos, debemos liberarnos.
Por un lado, sabemos lo que no constituye la liberación: ni el materialismo, ni el idealismo, ni el dogmatismo nos conducirán a la libertad. Por otro lado, también nos indica cómo encontrar la liberación: siendo lo que somos, seres humanos, con una infinidad de posibilidades. ¿Cuáles son esas posibilidades? ¿Cómo descubrir nuevos campos de posibilidades, no solo cuantitativamente, sino también cualitativamente?
Para expandir cualitativamente el campo de nuestras posibilidades, debemos ir más allá de lo que podemos concebir: renunciar a nosotros mismos como entes separados del resto de la realidad.
En el ser humano convergen muchos niveles de realidad que interactúan constantemente. En nuestra vida cotidiana entran en juego tanto lo físico como lo mental y lo espiritual; también convergen el estado de vigilia y el de los sueños.
Por un lado, operamos con la conciencia de vigilia y, por otro, nos vemos profundamente influidos por nuestro inconsciente, incluso durante el estado de vigilia. Asimismo, participamos en los niveles de vida mineral, vegetal, animal y espiritual. Es en nuestra conciencia donde tiene lugar la gran alquimia de todos estos niveles, y es allí donde se produce nuestro desarrollo. El reino de nuestra conciencia alcanza el cosmos y, también, la Unión Sustancial con la Divina Madre.
Mediante una vida disciplinada y vivencias místicas basadas en la renuncia a nosotros mismos, fortalecemos esta alquimia y asumimos el desarrollo de la conciencia como la labor excelsa de ayuda a la humanidad. Nuestro amor por la manifestación divina y nuestro apostolado de servicio a las almas se desarrollan en este nivel.
El autoengaño, la vanidad, la impaciencia y las justificaciones pueden hacer que perdamos el esfuerzo de toda una vida si no sabemos aprender de ellos —conociéndonos a nosotros mismos— y depositarlos, cada vez que surgen —por minúsculos que parezcan—, a los pies de la Divina Madre.
El Velo de Ahehia es un símbolo de Sabiduría Espiritual. Por muy amplio que sea el saber, no llega a abarcar la totalidad de la realidad; por tanto, la sabiduría espiritual siempre deja abierta la posibilidad de un saber más vasto: incluye el saber potencial que se hará evidente a través de nuestro desarrollo.
Cuando comprendemos los límites del conocimiento que nos llega desde el exterior, comprendemos también la necesidad de acceder a la esencia del saber. Esta apertura nos revela que nuestro estado de conciencia habitual es un mundo sumamente pequeño en comparación con el mundo en el que vivimos. Alcanzar la sabiduría sustancial implica entrar en ese estado dinámico: cada saber que incorporamos constituye una muerte respecto al estado de conciencia previo y un nacimiento hacia un nuevo campo de posibilidades. Aceptar nuestras limitaciones en cuanto a lo que sabemos y percibimos es lo que abre nuestra conciencia para captar la inmensidad de la realidad.
Por ello, descender al lugar de la muerte simboliza las experiencias que debemos atravesar antes de nacer a la nueva vida de unión con lo divino. La muerte en un determinado nivel es la condición necesaria para la vida en un nivel superior.


