Cafh | Sobre la Meditación (2/9): Los pasos de la técnica

Publicado el 19/10/2026
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La meditación discursiva nos lleva a hacernos íntimos con la Divina Madre, a aprender a expresar nuestras necesidades y anhelos más profundos. Nos ayuda a vernos tal como somos y a aceptar esa realidad.
La vida cotidiana nos sumerge en las tareas y preocupaciones más apremiantes. Pocas veces tenemos la oportunidad de afrontar espontáneamente nuestra realidad interior y nuestras necesidades espirituales. El ajetreo diario nos priva de la oportunidad de establecer relaciones profundas con la familia y los amigos. Vivimos en una especie de semiconsciencia respecto a quiénes somos y cuáles son nuestros objetivos. Nos acostumbramos a no vernos, a no reflexionar, a intentar olvidar lo que nos duele y a centrarnos en lo que nos presiona.
Por lo general, son las situaciones dolorosas o las tragedias las que nos obligan a detenernos para reflexionar. Quizás por eso, inconscientemente, pensamos que «si no tengo problemas», no hace falta detenerse a meditar.
Sin embargo, siempre existe, de forma latente, la necesidad de intimar con nosotros mismos y de conocernos, así como el anhelo de unirnos a una realidad más amplia que el ámbito de nuestras preocupaciones. Gran parte del descontento que sentimos cuando vivimos a toda prisa proviene de no satisfacer esta necesidad fundamental. Esta puede empezar a satisfacerse mediante la meditación discursiva.
El ejercicio de la meditación discursiva suele durar quince minutos, divididos en tres pasos. Antes de comenzar el primer paso, se anuncian tres veces la meditación, el tema y el efecto. También se anuncia cada uno de los pasos: Invocación, Espera y Respuesta.
En la Invocación, abrimos nuestra alma a la Divina Madre; aprendemos a pronunciar su nombre, a pedir su asistencia, su luz. Le mostramos quiénes somos, sin reservas y sin vergüenza. Es como vaciarnos interiormente para poder ver lo que realmente queda: la realidad desnuda de nuestra alma. De esta manera, poco a poco, no solo mostramos lo que somos, sino que también descubrimos nuestras necesidades y nuestros anhelos.
En la Espera, permanecemos expectantes, sin desear, sin esperar nada más que la palabra de la Divina Madre. Es como suspender todo juicio, todo movimiento.
En la Respuesta, recibimos la palabra de la Divina Madre, la cual nos llega a través de nuestro silencio, de nuestra honestidad y apertura. Puede ser que, en la etapa de la Respuesta, no nos sintamos cómodos, ya que una respuesta de la Divina Madre podría parecernos irreal. Esto suele suceder cuando no hemos sido realmente sinceros y abiertos en la Invocación, porque hemos hablado desde una fachada, a través de la máscara que cubre nuestro verdadero ser. Y la respuesta nos llega desde ese mismo nivel de conciencia. Cuando logramos realizar la Invocación exponiéndonos totalmente y, en la Espera, dejamos de lado nuestro discurso habitual, la Respuesta surge por sí sola, desde el fondo de nuestra conciencia.
La meditación discursiva cumple un papel esencial en nuestro desarrollo espiritual. Nos abre a nuestro subconsciente e inconsciente, nos enseña a aceptarnos, a comprender los procesos interiores y nos prepara para el trabajo de la meditación afectiva. Antes de comenzar a trabajar sobre nuestras emociones en la meditación afectiva, es necesario que nos conozcamos y nos aceptemos sin juicios, sin condenas; que reconozcamos nuestra insignificancia en relación con la totalidad que nos engloba y que nos
impulsa a expandir nuestra conciencia y nuestro amor hacia la Divina Madre.
La meditación discursiva cumple un papel esencial en nuestro desarrollo espiritual. Nos abre a nuestro subconsciente e inconsciente, nos enseña a aceptarnos, a comprender los procesos internos, pues es necesario que nos conozcamos y nos aceptemos sin juicios, sin condenas; que reconozcamos nuestra insignificancia en relación con la totalidad que nos engloba y que nos
impulsa a expandir nuestra conciencia y nuestro amor a la Divina Madre.
Como la meditación discursiva posee una técnica muy sencilla, no siempre le otorgamos la importancia que tiene. Sin embargo, es siempre muy valiosa
para nuestro desarrollo y para nuestra salud mental y emocional.
La oración, en todas sus formas —entre ellas, la meditación—, nos induce a centrarnos con naturalidad en la presencia divina, de tal manera que nos sentimos acompañados interiormente en lo que pensamos,sentimos y hacemos. La presencia divina trae consigo, a nuestra vida cotidiana, a todas las almas del mundo. Lo divino en nuestro interior es un eco de la realidad viviente, del flujo incesante de la vida.
Es lo natural, lo espontáneo, que surge por el simple hecho de enfocar nuestra mirada interior en la Divina Madre. Vivir en estado de oración es desarrollar coherencia entre nuestro hacer y nuestro ser; es integrar nuestros actos con las construcciones de nuestra mente. El estado de oración nos ayuda a vivir en una única realidad: la de la vida consagrada, que unifica nuestro ser con todos los seres, en la presencia divina.