En las antiguas órdenes esotéricas, las pruebas iniciáticas que conducían a la consagración de un Caballero de la Eternidad componían el Ceremonial Dorado que tenía dos partes. La primera de ellas no se llevaba a cabo en el plano físico, porque en realidad tenía lugar en los mundos astrales. Eran las cuatro pruebas de la materialidad, correspondientes a los cuatro elementos que en aquel entonces se entendían como fundamentales para la constitución del mundo. Son los principios elementales que mantienen, conducen, gobiernan y destruyen la vida física: la pasión la prueba de la tierra; la incertidumbre la prueba del aire; el miedo, la prueba de agua; y la separatividad, la prueba de fuego.
Luego de las cuatro pruebas de materialidad, el aspirante llegaba a las puertas del Templo, donde tienen lugar las tres pruebas mentales que preceden las místicas bodas con la divinidad. A través de ellas, se hace profundamente consciente de los llamados primarios de su naturaleza humana y de la atención constante que necesitará prestarles para dar a su existencia un sentido que lo trascienda a sí mismo. Un sentido de dominación no como la derrota de un enemigo, sino como el de la batalla constante de aquellos que abrazan íntima y profundamente su propia vulnerabilidad, que es tan humana que solo podría conducir a la unión con lo divino.
La primera prueba mental es la de la elección o dominio de la pasión de la carne. El Viandante llama a la puerta del Templo y la Divina Madre, oculta en blancos velos, le pregunta qué vino a buscar allí. Él responde que busca, nada menos que a Ella. Otras tres mujeres, de una belleza deslumbrante, vestidas de rojo, azul y amarillo, le son presentadas. Lo tientan por última vez, clavando de nuevo la duda en su alma. Desafían a la Madre Divina a develarse y mostrarse como realmente es. Los velos caen y Ella se muestra en sus rasgos de dolor, destrucción y sufrimiento. Una vez develada, desafía al Viandante a elegir entre Ella y las otras tres hermosas mujeres. Él reitera su anhelo y se coloca a los pies de la Divina Madre, lo que basta para que Ella recupere su rostro de eterna juventud y belleza. Y del Viandante nace el Peregrino
De repente, el Templo se ha llenado de tinieblas. tan densas y oscuras que resultan inimaginables. Y surgió la piedra negra de la Madre. En la oscuridad sólo se ve el cuerpo dormido de la Madre en su ataúd eterno. El Peregrino es tentado de nuevo. Ahora, por la sed de dominación, la sed de poder. Se le ofrecen el cálculo exacto; la soberbia ilimitada indispensable para el triunfo; los medios más seguros para destruir y hacer al ser humano dueño del mundo; todas las artes secretas que lo hacen dueño de todas las cosas del mundo. Y una vez más el Peregrino rechaza estos ofrecimientos y retira su anhelo por la Divina Madre. Se van a disipar las tinieblas y el interior del Templo vuelve a iluminarse.
La última prueba mental es la de la sed de riqueza, no sólo material, sino también las del saber. La Madre mostrará al Peregrino todo el oro escondido en las entrañas de la Tierra, todo el oro de la inteligencia y del conocimiento, y le dirá que todo puede pertenecerle, sin ningún otro sacrificio. Y, en esta última oportunidad, el Peregrino refuerza su anhelo por la Divina Madre. El Peregrino superó las pruebas mentales, dando vida al Liberado, al IHS que representa al ser humano sustancialmente unido en místicas bodas, a la Divinidad que le da origen. En el cielo, que ya ha sido cubierto con el manto de la noche, brilla el símbolo eterno del círculo y la cruz, que representa el infinito perfecto de la divinidad inmolada y el ser humano, a su vez, hecho dios.
Luego de las cuatro pruebas de materialidad, el aspirante llegaba a las puertas del Templo, donde tienen lugar las tres pruebas mentales que preceden las místicas bodas con la divinidad. A través de ellas, se hace profundamente consciente de los llamados primarios de su naturaleza humana y de la atención constante que necesitará prestarles para dar a su existencia un sentido que lo trascienda a sí mismo. Un sentido de dominación no como la derrota de un enemigo, sino como el de la batalla constante de aquellos que abrazan íntima y profundamente su propia vulnerabilidad, que es tan humana que solo podría conducir a la unión con lo divino.
La primera prueba mental es la de la elección o dominio de la pasión de la carne. El Viandante llama a la puerta del Templo y la Divina Madre, oculta en blancos velos, le pregunta qué vino a buscar allí. Él responde que busca, nada menos que a Ella. Otras tres mujeres, de una belleza deslumbrante, vestidas de rojo, azul y amarillo, le son presentadas. Lo tientan por última vez, clavando de nuevo la duda en su alma. Desafían a la Madre Divina a develarse y mostrarse como realmente es. Los velos caen y Ella se muestra en sus rasgos de dolor, destrucción y sufrimiento. Una vez develada, desafía al Viandante a elegir entre Ella y las otras tres hermosas mujeres. Él reitera su anhelo y se coloca a los pies de la Divina Madre, lo que basta para que Ella recupere su rostro de eterna juventud y belleza. Y del Viandante nace el Peregrino
De repente, el Templo se ha llenado de tinieblas. tan densas y oscuras que resultan inimaginables. Y surgió la piedra negra de la Madre. En la oscuridad sólo se ve el cuerpo dormido de la Madre en su ataúd eterno. El Peregrino es tentado de nuevo. Ahora, por la sed de dominación, la sed de poder. Se le ofrecen el cálculo exacto; la soberbia ilimitada indispensable para el triunfo; los medios más seguros para destruir y hacer al ser humano dueño del mundo; todas las artes secretas que lo hacen dueño de todas las cosas del mundo. Y una vez más el Peregrino rechaza estos ofrecimientos y retira su anhelo por la Divina Madre. Se van a disipar las tinieblas y el interior del Templo vuelve a iluminarse.
La última prueba mental es la de la sed de riqueza, no sólo material, sino también las del saber. La Madre mostrará al Peregrino todo el oro escondido en las entrañas de la Tierra, todo el oro de la inteligencia y del conocimiento, y le dirá que todo puede pertenecerle, sin ningún otro sacrificio. Y, en esta última oportunidad, el Peregrino refuerza su anhelo por la Divina Madre. El Peregrino superó las pruebas mentales, dando vida al Liberado, al IHS que representa al ser humano sustancialmente unido en místicas bodas, a la Divinidad que le da origen. En el cielo, que ya ha sido cubierto con el manto de la noche, brilla el símbolo eterno del círculo y la cruz, que representa el infinito perfecto de la divinidad inmolada y el ser humano, a su vez, hecho dios.