Cafh | Sobre la Meditación (4/9): El Abismo

Publicado el 19/10/2026
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En este tema de meditación, «El Abismo» —cuyo efecto es la desolación—, aprendemos a comparar y contrastar nuestro estado de ignorancia con el ideal espiritual que comenzamos a vislumbrar. Es el momento simbólico de estar a solas con nosotros mismos, silenciando la autojustificación, la autocompasión y la autocomplacencia. La paciencia, la fe y la esperanza nos brindan serenidad en medio de la desolación.
Gracias a la nueva descripción de la realidad que nos ofrece la meditación sobre «La Dama del Velo Negro», logramos situarnos en un contexto más amplio que el definido por nuestra problemática individual. Comprendemos que todo lo que creíamos saber sobre nosotros mismos y sobre nuestra realidad debe ser revisado. Así es como nos preparamos para explorar las profundidades de nuestra alma, tratando de desatar las amarras del instinto y disipar las tinieblas de la ignorancia.
El Abismo es símbolo tanto de las profundidades como de las alturas. No es posible discernir la profundidad sin tener la altura como referencia; y este discernimiento es el origen de la desolación.
Es en la contraposición entre las profundidades del instinto y las posibilidades de liberación espiritual donde generamos la comprensión y la fuerza necesarias para emprender el largo descenso hacia lo desconocido que habita en nuestro interior. La fuerza de la desolación —esa nostalgia por lo que intuimos como nuestro destino— nos lleva a fijar la mirada en nuestras posibilidades de liberación; nos otorga la audacia necesaria para permanecer sumergidos en el abismo del «no saber» y para romper los lazos instintivos que nos encadenan a la repetición incesante de las mismas experiencias.
La desolación expresa tanto el sentimiento de abandono y pérdida respecto a lo que creíamos ser, como respecto a aquello que sabemos que podemos alcanzar, pero que aún no poseemos. Por un lado, todo lo que creíamos ser y todo lo que creíamos tener se revelan como los
tumultuosos juegos abismales de nuestra propia ilusión. Por otro lado, la promesa divina de unión es solo un rastro luminoso que se pierde en la distancia.
Este es un momento muy delicado en nuestro camino, ya que es muy fácil perdernos en las tinieblas y olvidar la luz que una vez vislumbramos. Es por eso que los directores espirituales nos recomiendan cultivar la paciencia y la resignación. Paciencia para no desesperar en el dolor; resignación para aceptar nuestra realidad, para asimilar las exigencias de nuestra naturaleza instintiva que no quiere perder su reinado. La resignación también nos ayuda a no mirar atrás y a no querer escapar del desconsuelo, a concentrarnos en vivir, en toda su profundidad, el abismo desolador de nuestra ignorancia.
La Fe, la Esperanza y el Amor son nuestro baluarte. Por más profundo que sea el abismo, siempre se vislumbra la luz de las alturas. La desolación no es desesperación. La fe en la gracia infinita de la Divina Madre, la esperanza de libertad y el amor tolerante que surge de la experiencia del dolor nos dan la certeza de que el camino conduce hacia la cima y que, por más escarpado que sea, si fijamos nuestra mirada en el rastro luminoso, llegaremos a las alturas de la bienaventuranza y del Amor.