El tema de meditación "La Dama del Velo Negro" tiene como efecto el hastío, el cual busca identificar hábitos que ya no deseamos alimentar. En este tema, aprendemos a encontrar una nueva descripción de la realidad, una más universal.
Todos tenemos, de manera subyacente, una descripción de la realidad con la que estamos tan identificados que la confundimos con la realidad misma. Para nosotros, una señal de sensatez es estar seguros de que percibimos la realidad correctamente y de que todos estamos de acuerdo en ello.
Sin embargo, este acuerdo nos impide analizar cuál es nuestra visión de la realidad: si esa visión *es* la realidad, o si es simplemente el producto de un condicionamiento milenario que hace que la realidad, tal como es, escape a nuestra comprensión.
La visión de la realidad a la que la mayoría de nosotros nos adherimos nos sitúa en el centro de todo lo que sucede. Creemos que todo gira a nuestro alrededor. Pensamos en nosotros, a partir de nosotros y para nosotros. Creemos que todo lo que necesitamos debe llegarnos desde fuera. Tendemos a pensar que la felicidad consiste en satisfacer nuestros deseos, y que desarrollar todo nuestro potencial significa obtener y hacer aquello que los demás dicen que debemos obtener y hacer. Nos vemos inmersos en una carrera obsesiva por tener más, hacer más y ser más; en este proceso, generamos una profunda insatisfacción en nuestro corazón. Dejamos de lado cuestiones fundamentales y corremos tras lo ilusorio.
Evitar la reflexión sobre la vida, la muerte, la felicidad y el devenir constante; eludir el análisis de cómo nos entendemos a nosotros mismos y las explicaciones que nos damos sobre las causas de nuestro sufrimiento; entregarnos a nuestras compulsiones, a nuestros hábitos más superficiales y a patrones de conducta que nos ciegan cada vez más... esta actitud condiciona nuestra vida y nos atrapa en una constante repetición de experiencias.
Es precisamente ahí donde debemos realizar un trabajo espiritual si aspiramos a encontrar la paz y la sabiduría. Tener la expectativa de conseguir aquello que creemos que nos hará felices nos conduce a la decepción. Como las fantasías rara vez se hacen realidad, la decepción nos lleva a rechazar la vida
tal como es. Este ciclo se perpetúa y nos sumerge en pares de opuestos: al buscar el placer, encontramos el dolor; al intentar ganar, nos sentimos perdedores; al buscar el elogio, nos corroe el temor a la culpa; al buscar la aprobación de los demás, encontramos la vergüenza;
al exigir que los demás cambien para que nuestros problemas se resuelvan, dejamos de ver lo que está a nuestro alcance hacer.
¿Cómo salir de este ciclo repetitivo y alienante?
Quizás ya hayamos dado el primer paso. Hemos reconocido nuestra vocación; hemos entrado en contacto con la necesidad ancestral y arquetípica que impulsa nuestro desarrollo. También hemos reconocido la Enseñanza como una verdad que trasciende
nuestro conocimiento. El tercer paso nos lleva a incluir la Enseñanza en nuestra descripción de la realidad, a romper el equilibrio ilusorio en nuestra forma de entendernos a nosotros mismos y de entender la vida. Para lograrlo, no basta con estudiar la Enseñanza; debemos asimilarla de tal
manera que altere nuestra descripción ilusoria de la realidad, brindándonos un nuevo punto de vista para comprendernos a nosotros mismos y a la vida.
Sin embargo, no es fácil adoptar una nueva descripción de la realidad. Viejos apegos, una falsa sensación de seguridad, el deseo de perpetuar lo conocido y rechazar lo nuevo, impulsos que no logramos dominar... todo esto surge para mantener la concepción de que somos el centro de todo.
El hastío es la fuerza espiritual, la energía generadora del cambio necesario para dar paso a un nuevo conocimiento. A veces reaccionamos contra lo que percibimos como represivo y negativo en el tema de «La Dama
del Velo Negro». Nuestro condicionamiento nos dice que la felicidad a la que debemos aspirar excluye aquellos aspectos de nuestra vida en los que tendríamos que trabajar para desarrollarnos.
Nuestra descripción ilusoria de la realidad permanece intacta; no comprendemos por qué sufrimos, ni por qué permanecemos en la ignorancia. Seguimos atrapados en un ciclo de conductas alienantes y repetitivas que nos causan cada vez más dolor.
En este estado, por más que vislumbremos la cima, y por más deseos que tengamos de dar amor y unirnos a todos los seres humanos, continuaremos atados a la cadena de causa y efecto, de ignorancia y sufrimiento. El deseo de ser feliz, el deseo de amar, no son suficientes
para poder ser feliz y amar. El obstáculo es nuestra ignorancia, nuestra ceguera; la visión que tenemos de nosotros mismos como si fuéramos el centro de todo lo que existe.
Necesitamos entender, comprender y comprendernos a nosotros mismos; conocer la raíz del dolor y la forma de salir de él. La meditación sobre este tema es una herramienta muy apropiada para este fin.
Todos tenemos, de manera subyacente, una descripción de la realidad con la que estamos tan identificados que la confundimos con la realidad misma. Para nosotros, una señal de sensatez es estar seguros de que percibimos la realidad correctamente y de que todos estamos de acuerdo en ello.
Sin embargo, este acuerdo nos impide analizar cuál es nuestra visión de la realidad: si esa visión *es* la realidad, o si es simplemente el producto de un condicionamiento milenario que hace que la realidad, tal como es, escape a nuestra comprensión.
La visión de la realidad a la que la mayoría de nosotros nos adherimos nos sitúa en el centro de todo lo que sucede. Creemos que todo gira a nuestro alrededor. Pensamos en nosotros, a partir de nosotros y para nosotros. Creemos que todo lo que necesitamos debe llegarnos desde fuera. Tendemos a pensar que la felicidad consiste en satisfacer nuestros deseos, y que desarrollar todo nuestro potencial significa obtener y hacer aquello que los demás dicen que debemos obtener y hacer. Nos vemos inmersos en una carrera obsesiva por tener más, hacer más y ser más; en este proceso, generamos una profunda insatisfacción en nuestro corazón. Dejamos de lado cuestiones fundamentales y corremos tras lo ilusorio.
Evitar la reflexión sobre la vida, la muerte, la felicidad y el devenir constante; eludir el análisis de cómo nos entendemos a nosotros mismos y las explicaciones que nos damos sobre las causas de nuestro sufrimiento; entregarnos a nuestras compulsiones, a nuestros hábitos más superficiales y a patrones de conducta que nos ciegan cada vez más... esta actitud condiciona nuestra vida y nos atrapa en una constante repetición de experiencias.
Es precisamente ahí donde debemos realizar un trabajo espiritual si aspiramos a encontrar la paz y la sabiduría. Tener la expectativa de conseguir aquello que creemos que nos hará felices nos conduce a la decepción. Como las fantasías rara vez se hacen realidad, la decepción nos lleva a rechazar la vida
tal como es. Este ciclo se perpetúa y nos sumerge en pares de opuestos: al buscar el placer, encontramos el dolor; al intentar ganar, nos sentimos perdedores; al buscar el elogio, nos corroe el temor a la culpa; al buscar la aprobación de los demás, encontramos la vergüenza;
al exigir que los demás cambien para que nuestros problemas se resuelvan, dejamos de ver lo que está a nuestro alcance hacer.
¿Cómo salir de este ciclo repetitivo y alienante?
Quizás ya hayamos dado el primer paso. Hemos reconocido nuestra vocación; hemos entrado en contacto con la necesidad ancestral y arquetípica que impulsa nuestro desarrollo. También hemos reconocido la Enseñanza como una verdad que trasciende
nuestro conocimiento. El tercer paso nos lleva a incluir la Enseñanza en nuestra descripción de la realidad, a romper el equilibrio ilusorio en nuestra forma de entendernos a nosotros mismos y de entender la vida. Para lograrlo, no basta con estudiar la Enseñanza; debemos asimilarla de tal
manera que altere nuestra descripción ilusoria de la realidad, brindándonos un nuevo punto de vista para comprendernos a nosotros mismos y a la vida.
Sin embargo, no es fácil adoptar una nueva descripción de la realidad. Viejos apegos, una falsa sensación de seguridad, el deseo de perpetuar lo conocido y rechazar lo nuevo, impulsos que no logramos dominar... todo esto surge para mantener la concepción de que somos el centro de todo.
El hastío es la fuerza espiritual, la energía generadora del cambio necesario para dar paso a un nuevo conocimiento. A veces reaccionamos contra lo que percibimos como represivo y negativo en el tema de «La Dama
del Velo Negro». Nuestro condicionamiento nos dice que la felicidad a la que debemos aspirar excluye aquellos aspectos de nuestra vida en los que tendríamos que trabajar para desarrollarnos.
Nuestra descripción ilusoria de la realidad permanece intacta; no comprendemos por qué sufrimos, ni por qué permanecemos en la ignorancia. Seguimos atrapados en un ciclo de conductas alienantes y repetitivas que nos causan cada vez más dolor.
En este estado, por más que vislumbremos la cima, y por más deseos que tengamos de dar amor y unirnos a todos los seres humanos, continuaremos atados a la cadena de causa y efecto, de ignorancia y sufrimiento. El deseo de ser feliz, el deseo de amar, no son suficientes
para poder ser feliz y amar. El obstáculo es nuestra ignorancia, nuestra ceguera; la visión que tenemos de nosotros mismos como si fuéramos el centro de todo lo que existe.
Necesitamos entender, comprender y comprendernos a nosotros mismos; conocer la raíz del dolor y la forma de salir de él. La meditación sobre este tema es una herramienta muy apropiada para este fin.


