En este tema, «Los Dos Caminos», cuyo efecto es el desapego, aprendemos a discernir entre lo que nos conduce hacia el desarrollo y lo que nos limita para alcanzarlo. También aprendemos a disciplinarnos. Tras haber desarrollado una descripción de la realidad que nos sitúa y orienta hacia la trascendencia, y tras haber descendido a las profundidades de nuestros instintos y condicionamientos, la Divina Madre nos llama a consolidar nuestros logros y a avanzar con paso firme. No existe conocimiento ni despertar que perdure si no lo asentamos sobre el camino que recorremos cada día. Nuestros pies pueden invalidar lo que nuestra mente comprende.
«Los Dos Caminos» constituyen la etapa del «sí» o del «no» (nótese que no decimos «sí» y «no»). Es la etapa del blanco y el negro (nótese que no decimos blanco, negro y sus matices de gris). Es la etapa en la que nos volvemos un tanto dogmáticos con nosotros mismos, a fin de afirmar nuestros pasos en el buen camino.
En «El Abismo», aún conservamos el apego a los apetitos, a la satisfacción de los deseos. Comprendemos que el apego a nuestros instintos nos acarrea desolación; sin embargo, todavía no sabemos amar, por encima de todas las cosas, el nuevo mundo que estamos descubriendo. Para aprender a amar este nuevo mundo, debemos morir al viejo mundo de la ilusión.
La tarea de «desapegarnos», de «desvincularnos», de perder el afecto por este mundo de fantasmagorías, exige cierto grado de discernimiento. Debemos aprender a distinguir entre el camino de las innumerables experiencias y el camino directo y sencillo de la renuncia a nosotros mismos y del amor a la Divina Madre.
• El fuego de nuestro amor consumirá el egoísmo.
• El diamante de nuestra ofrenda, con sus innumerables facetas, reflejará la luz de la Divina Madre e iluminará nuestro entendimiento.
• La concentración en nuestra vocación espiritual nos brindará fuerza y determinación. • La ascética que purifica nuestros pensamientos y sentimientos nos abrirá las puertas a un nuevo nacimiento.
El amor, la ofrenda, la concentración en la vocación y la ascética que purifica nuestros pensamientos y sentimientos son las señales que van indicando el camino hacia la liberación. Y nos mantenemos en este sendero mediante la práctica cotidiana de decir «sí» a lo que nos sostiene en el camino y «no» a lo que nos aleja de él; considerando como bueno aquello que fortalece nuestra determinación de desarrollarnos, y como malo aquello que debilita dicha determinación.
La disciplina ha de ser férrea si queremos triunfar, pues debemos defendernos de la lujuria, la soberbia y la avaricia que custodian la entrada del Templo. ¡A esta disciplina le decimos «sí»!
La soberbia, la cólera y el apego desordenado a los apetitos y a las riquezas son las piedras que pavimentan el camino sinuoso y lento del sufrimiento y la ignorancia. ¡A estos excesos les decimos «no»!
No hace falta ser rico para estar apegado a las riquezas; no hace falta ser importante para ser soberbio; no hace falta tener autoridad para estar cegado por el poder; no hace falta estallar en gritos para estar carcomido por la cólera; no hace falta ser pobre para padecer la avaricia de querer poseer más y más. La raíz de una vida desordenada reside en los apetitos insaciables y sus consecuencias: la falta de claridad mental y de discernimiento respecto al camino a seguir. A esto lo llamamos el mal.
Una vida al servicio de los apegos constituye una desviación de nuestro deseo de unirnos con el Todo, de ser en todos. Es creer que, al abarcar más —dando rienda suelta al sentido de posesión—, seremos más. Es confundir el tener con el ser, la conquista exterior con el dominio de nosotros mismos; Es
confundir la glotonería de llenarnos desde fuera con la capacidad creativa y de trabajo.
Nuestro camino de desarrollo nos enseña que debemos cavar en el huerto de nuestra propia casa, que el afán de posesión es nuestro enemigo, que el alimento que necesitamos está a nuestro alcance, en nuestro corazón. A esto lo llamamos el bien.
De entre los infinitos caminos que se nos presentan, tomamos aquel que nos conduce a la búsqueda de la Divina Madre, a la vivencia de la Enseñanza y a la asistencia mutua a nuestros compañeros espirituales.
Este es el camino más adecuado para recibir la luz y la energía que necesitamos para realizar nuestro anhelo de unión con todo lo creado. Para abandonar el valle de las penurias, necesitamos que la Divina Madre nos enseñe el camino de la bienaventuranza: el camino del desapego de la ilusión y del egoísmo.
«Los Dos Caminos» constituyen la etapa del «sí» o del «no» (nótese que no decimos «sí» y «no»). Es la etapa del blanco y el negro (nótese que no decimos blanco, negro y sus matices de gris). Es la etapa en la que nos volvemos un tanto dogmáticos con nosotros mismos, a fin de afirmar nuestros pasos en el buen camino.
En «El Abismo», aún conservamos el apego a los apetitos, a la satisfacción de los deseos. Comprendemos que el apego a nuestros instintos nos acarrea desolación; sin embargo, todavía no sabemos amar, por encima de todas las cosas, el nuevo mundo que estamos descubriendo. Para aprender a amar este nuevo mundo, debemos morir al viejo mundo de la ilusión.
La tarea de «desapegarnos», de «desvincularnos», de perder el afecto por este mundo de fantasmagorías, exige cierto grado de discernimiento. Debemos aprender a distinguir entre el camino de las innumerables experiencias y el camino directo y sencillo de la renuncia a nosotros mismos y del amor a la Divina Madre.
• El fuego de nuestro amor consumirá el egoísmo.
• El diamante de nuestra ofrenda, con sus innumerables facetas, reflejará la luz de la Divina Madre e iluminará nuestro entendimiento.
• La concentración en nuestra vocación espiritual nos brindará fuerza y determinación. • La ascética que purifica nuestros pensamientos y sentimientos nos abrirá las puertas a un nuevo nacimiento.
El amor, la ofrenda, la concentración en la vocación y la ascética que purifica nuestros pensamientos y sentimientos son las señales que van indicando el camino hacia la liberación. Y nos mantenemos en este sendero mediante la práctica cotidiana de decir «sí» a lo que nos sostiene en el camino y «no» a lo que nos aleja de él; considerando como bueno aquello que fortalece nuestra determinación de desarrollarnos, y como malo aquello que debilita dicha determinación.
La disciplina ha de ser férrea si queremos triunfar, pues debemos defendernos de la lujuria, la soberbia y la avaricia que custodian la entrada del Templo. ¡A esta disciplina le decimos «sí»!
La soberbia, la cólera y el apego desordenado a los apetitos y a las riquezas son las piedras que pavimentan el camino sinuoso y lento del sufrimiento y la ignorancia. ¡A estos excesos les decimos «no»!
No hace falta ser rico para estar apegado a las riquezas; no hace falta ser importante para ser soberbio; no hace falta tener autoridad para estar cegado por el poder; no hace falta estallar en gritos para estar carcomido por la cólera; no hace falta ser pobre para padecer la avaricia de querer poseer más y más. La raíz de una vida desordenada reside en los apetitos insaciables y sus consecuencias: la falta de claridad mental y de discernimiento respecto al camino a seguir. A esto lo llamamos el mal.
Una vida al servicio de los apegos constituye una desviación de nuestro deseo de unirnos con el Todo, de ser en todos. Es creer que, al abarcar más —dando rienda suelta al sentido de posesión—, seremos más. Es confundir el tener con el ser, la conquista exterior con el dominio de nosotros mismos; Es
confundir la glotonería de llenarnos desde fuera con la capacidad creativa y de trabajo.
Nuestro camino de desarrollo nos enseña que debemos cavar en el huerto de nuestra propia casa, que el afán de posesión es nuestro enemigo, que el alimento que necesitamos está a nuestro alcance, en nuestro corazón. A esto lo llamamos el bien.
De entre los infinitos caminos que se nos presentan, tomamos aquel que nos conduce a la búsqueda de la Divina Madre, a la vivencia de la Enseñanza y a la asistencia mutua a nuestros compañeros espirituales.
Este es el camino más adecuado para recibir la luz y la energía que necesitamos para realizar nuestro anhelo de unión con todo lo creado. Para abandonar el valle de las penurias, necesitamos que la Divina Madre nos enseñe el camino de la bienaventuranza: el camino del desapego de la ilusión y del egoísmo.


