El crepúsculo avanza y el sol poniente despide y reverencia a los Caballeros Astrales, cubriendo el cielo de un rojo sangre. Desde los planos astrales, la Sagrada Asamblea de Caballeros se prepara para realizar la tercera parte del Ceremonial Dorado, la Prueba del Espíritu. Es la última hora: la hora del espíritu. La hora de comprenderlo todo para lanzarse luego a la obscuridad sin límites, para juntarse con Aquél que no se puede nombrar. Los elementales del aire huyen espantados, surcando el horizonte rojo de rayos y relámpagos. Desde el antiguo y muerto cráter se levanta la Imagen Eterna de la Mujer Velada. Dentro de pocos instantes Él y Ella estarán unidos perdurablemente. Unidos: ¿dónde? ¿cómo?
El Caballero Iniciado, avanza hacia Ella; los Santos Acompañantes quedan atrás. La voz, si así pudiera llamarse, habla: No sabes tú desde cuanto tiempo he esperado este instante; no sabes tú, criatura de un día, que yo, desde el principio del universo te estoy esperando. Aún no estaban hechos los mundos ni había empezado a dibujarse el plan del cosmos, cuando yo estaba y tú también estabas. Más yo era la luz y tú eras la tiniebla. Desde entonces te he amado sobre todas las cosas y por amarte te perdí; por amarte te dí muerte. ¿No viste nunca la estatua de Kali, danzando sobre el cuerpo muerto de su esposo, con el cuchillo sangrante en la mano? Ello no es solamente símbolo; es verdad. Yo te dí muerte. Aún está viva en mi memoria la realidad de la leyenda del Génesis, cuando por amor vine a ti con la tentación y con ella te maté. Como yo era la Divinidad, no podía unirme a la Humanidad sin destruirla.
Por ti hice el Universo y las cadenas planetarias y los millones de mundos que coronan tu cabeza. Y, a través de esos mundos y de esos cielos, te he ido buscando. En tanto, tú vagabas en pos de la ilusión, en la cual tú me buscabas. Por tu amor he destruido a los mundos que hice y he puesto guerra y sangre sobre la tierra; para reconquistarte me he cargado de todos los crímenes y de todos los males y he destruido, con un movimiento de mi mano, todo lo que impedía nuestra unión.
¡Cuántas veces, llorosa, te llamé y tú no me reconociste! ¡Cuántas veces tomé formas y aspectos diversos para darte un recuerdo de mí y tú me rechazaste! Por ti dejé la Divinidad y bajé hasta lo profundo del dolor y de la miseria humana, porque creía que haciéndome semejante a tí te volvería a conquistar. Te enseñé leyes y doctrinas y quise morir como un Dios por tu amor. ¡Pero aun así no me reconocías! ¡Para volvernos a reunir fue necesario que la Divinidad se hiciera humana, pero era también indispensable que la Humanidad se hiciera Divina, oh, mi Redentor!"
La intuición del Caballero Iniciado se cubre de un denso velo: no comprende. Habla: ¿Cómo es que fue necesario tanto padecer y tanto mal para llegar a lo que éramos? ¿Por qué ese bajar y subir, ese descenso de la Divinidad a la Humanidad, para tornar a lo mismo? ¿Por qué el crimen, el horror y la miseria?
Es que, en realidad, Caballero, jamás tú has dejado de ser lo que eras ni jamás has sido lo que crees. Como un juego infantil, el Ser Divino, Luz Eterna, quiere espejarse en las tinieblas. No hay descenso ni ascenso. Sólo existe la ilusión que produce la luz al reflejarse en las tinieblas. Los mundos no son más que sombras de Dios. Ni el bien ni el mal existen; ni el crimen ni el dolor. Aquellos que mueren, vuelven a nacer y el mal de hoy es el bien de mañana. Cuando se destruye y cae una civilización, es porque una nueva, mejor, se está gestando. Aún más: al espíritu nadie lo puede tocar ni nada lo puede dañar; sufre y pena, cambia y se transforma mientras así lo cree. Pero, inmediatamente que se reconoce a sí mismo, en cualquier punto o etapa del camino que se encuentre y puede afirmar: Yo soy Aquello, desaparece la ilusión y es reintegrado a su prístina Divinidad y Esencia.
Pues yo, entonces, quiero destruir de una vez para siempre la ilusión; quiero ser tal cual soy.
Brilla en el cielo, que ya se ha cubierto con el manto de la noche, el eterno símbolo del Círculo y la Cruz: la Sagrada Ank.
Los labios de la esposa inmortal se han unido con los del Caballero inmortalizado.
El eco de los Cantos Caballerescos repercute en el Universo.
Desde el principio te conocía; desde el principio te amé. Los dos éramos Uno.
Cuando los ojos se fijan sobre la cumbre para descubrir las siluetas de los dos Amantes Perfectos, ven que han desaparecido.
Sólo la llama se levanta, brillante, sobre la cumbre del Monte.
El Caballero Iniciado, avanza hacia Ella; los Santos Acompañantes quedan atrás. La voz, si así pudiera llamarse, habla: No sabes tú desde cuanto tiempo he esperado este instante; no sabes tú, criatura de un día, que yo, desde el principio del universo te estoy esperando. Aún no estaban hechos los mundos ni había empezado a dibujarse el plan del cosmos, cuando yo estaba y tú también estabas. Más yo era la luz y tú eras la tiniebla. Desde entonces te he amado sobre todas las cosas y por amarte te perdí; por amarte te dí muerte. ¿No viste nunca la estatua de Kali, danzando sobre el cuerpo muerto de su esposo, con el cuchillo sangrante en la mano? Ello no es solamente símbolo; es verdad. Yo te dí muerte. Aún está viva en mi memoria la realidad de la leyenda del Génesis, cuando por amor vine a ti con la tentación y con ella te maté. Como yo era la Divinidad, no podía unirme a la Humanidad sin destruirla.
Por ti hice el Universo y las cadenas planetarias y los millones de mundos que coronan tu cabeza. Y, a través de esos mundos y de esos cielos, te he ido buscando. En tanto, tú vagabas en pos de la ilusión, en la cual tú me buscabas. Por tu amor he destruido a los mundos que hice y he puesto guerra y sangre sobre la tierra; para reconquistarte me he cargado de todos los crímenes y de todos los males y he destruido, con un movimiento de mi mano, todo lo que impedía nuestra unión.
¡Cuántas veces, llorosa, te llamé y tú no me reconociste! ¡Cuántas veces tomé formas y aspectos diversos para darte un recuerdo de mí y tú me rechazaste! Por ti dejé la Divinidad y bajé hasta lo profundo del dolor y de la miseria humana, porque creía que haciéndome semejante a tí te volvería a conquistar. Te enseñé leyes y doctrinas y quise morir como un Dios por tu amor. ¡Pero aun así no me reconocías! ¡Para volvernos a reunir fue necesario que la Divinidad se hiciera humana, pero era también indispensable que la Humanidad se hiciera Divina, oh, mi Redentor!"
La intuición del Caballero Iniciado se cubre de un denso velo: no comprende. Habla: ¿Cómo es que fue necesario tanto padecer y tanto mal para llegar a lo que éramos? ¿Por qué ese bajar y subir, ese descenso de la Divinidad a la Humanidad, para tornar a lo mismo? ¿Por qué el crimen, el horror y la miseria?
Es que, en realidad, Caballero, jamás tú has dejado de ser lo que eras ni jamás has sido lo que crees. Como un juego infantil, el Ser Divino, Luz Eterna, quiere espejarse en las tinieblas. No hay descenso ni ascenso. Sólo existe la ilusión que produce la luz al reflejarse en las tinieblas. Los mundos no son más que sombras de Dios. Ni el bien ni el mal existen; ni el crimen ni el dolor. Aquellos que mueren, vuelven a nacer y el mal de hoy es el bien de mañana. Cuando se destruye y cae una civilización, es porque una nueva, mejor, se está gestando. Aún más: al espíritu nadie lo puede tocar ni nada lo puede dañar; sufre y pena, cambia y se transforma mientras así lo cree. Pero, inmediatamente que se reconoce a sí mismo, en cualquier punto o etapa del camino que se encuentre y puede afirmar: Yo soy Aquello, desaparece la ilusión y es reintegrado a su prístina Divinidad y Esencia.
Pues yo, entonces, quiero destruir de una vez para siempre la ilusión; quiero ser tal cual soy.
Brilla en el cielo, que ya se ha cubierto con el manto de la noche, el eterno símbolo del Círculo y la Cruz: la Sagrada Ank.
Los labios de la esposa inmortal se han unido con los del Caballero inmortalizado.
El eco de los Cantos Caballerescos repercute en el Universo.
Desde el principio te conocía; desde el principio te amé. Los dos éramos Uno.
Cuando los ojos se fijan sobre la cumbre para descubrir las siluetas de los dos Amantes Perfectos, ven que han desaparecido.
Sólo la llama se levanta, brillante, sobre la cumbre del Monte.