Cafh | Sobre la Meditación: (1/9): Generando un nuevo hábito

Publicado el 19/10/2026
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El primer ejercicio ascético del día tiene lugar al despertar por la mañana, y consiste en la forma misma de despertar. Dado que una de las finalidades de los ejercicios ascéticos es el despertar de la conciencia, resulta lógico que practiquemos el acto de despertar del sueño como un ejercicio. Es conveniente sacudirse rápidamente la pereza de la mente y del cuerpo, poniéndolos en condiciones de trabajar conscientemente. Nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan descanso; sin embargo, dormir más de lo necesario, intentar escapar del estrés mediante el sueño o permanecer somnolientos una vez levantados resulta contraproducente.
Debido a nuestras ocupaciones, solo podemos realizar los ejercicios de meditación propiamente dichos en momentos determinados del día. Para mantener la conciencia alcanzada durante estas prácticas, es útil realizar pequeños ejercicios de detención a lo largo de las horas de trabajo o de ocio. Estas breves tomas de conciencia nos permiten observar cómo estamos actuando, sintiendo y pensando; nos proporcionan material para la meditación y, además, nos ayudan a relajarnos y a aliviar nuestras tensiones.
No vemos las cosas tal como son, sino tal como nos impresionan, y al conjunto de estas impresiones lo llamamos «la realidad». La impresión que recibimos depende del filtro inteligente que nuestra mente emplea para organizar y discriminar la información que le llega. Este filtro es producto de la educación, la historia personal y familiar, el estado de ánimo, el grado de inteligencia, las circunstancias, el momento histórico que nos toca vivir y el grupo social y étnico al que pertenecemos, entre otros factores. Si a todo esto sumamos el ensueño de la fantasía y la divagación, es muy probable que utilicemos dichas impresiones para reforzar tanto nuestra subjetividad como nuestra tendencia a justificar nuestra postura ante la vida. Al prestar atención consciente a los pequeños hechos de la vida cotidiana a través de momentos de pausa, y al recibir y aceptar retroalimentación, aprendemos poco a poco a controlar nuestra subjetividad; nos acostumbramos a escuchar, a observar y a comprender el entorno, así como nuestra situación dentro de él. Trabajar sobre lo que percibimos es también una forma de meditación, que consiste en vivir aprendiendo, desvelando los mensajes que la vida nos ofrece.
La conciencia que nos otorga discernimiento no depende de sucesos extraordinarios, sino de cómo experimentamos y comprendemos los hechos comunes de la vida diaria, y de qué pensamientos y sentimientos cultivamos habitualmente.
En medio de nuestras vidas ajetreadas, a menudo no encontramos tiempo para meditar. Sin embargo, el tiempo cronológico es una medida estándar para todos: disponemos de veinticuatro horas al día. El uso que hacemos de este tiempo depende de las prioridades que establecemos para organizar nuestras actividades diarias, de la capacidad y voluntad que dedicamos a reflexionar sobre lo que vivimos, de nuestra facultad de concentración, de nuestros hábitos y de nuestras preferencias. Por eso, siempre tenemos tiempo para aquello que nuestros hábitos, costumbres y deseos nos dictan. Para todo lo demás, necesitamos encontrar tiempo y reorganizar nuestras prioridades. Si tenemos tiempo para la acción, ¿cómo puede faltarnos tiempo para reflexionar sobre por qué y para qué actuamos? Si deseamos desarrollarnos, debemos comenzar por dedicar una parte del día a tomar conciencia.
Del mismo modo que, antes de iniciar una tarea, pensamos en qué vamos a hacer y cómo lo haremos —evaluando el resultado una vez concluida—, al comenzar el día meditamos para reflexionar sobre cómo vamos a vivirlo; y, al terminarlo, realizamos un examen retrospectivo de lo que hemos vivido.
Al hablar de los ejercicios ascético-místicos dentro del contexto de un camino de desarrollo, partimos de una premisa lógica: la persona que desea conocerlos también quiere practicarlos. Por eso, insistir en la necesidad de la práctica parece una paradoja, especialmente si se trata del ejercicio de la meditación. Sin embargo, debido al tipo de educación que hemos recibido, a los hábitos de vida que traemos al ingresar en el Camino y a la pesada carga que nos impone la sociedad moderna, es necesario que nos adentremos gradualmente en nuestro mundo interior y en el hábito de la oración.
El ejercicio de la meditación nos ayuda en este propósito. Cuando decimos que hay que meditar, estamos diciendo que, para desarrollarnos, necesitamos vivir de manera deliberada, comprender cómo funciona nuestra mente, identificar nuestros prejuicios y aprender a recibir retroalimentación. Es decir, necesitamos entrenar nuestra mente para que actúe como una herramienta de desarrollo.